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Detalle de El entierro del conde de Orgaz, con la fila de caballeros toledanos de gorguera y los dos santos revestidos de oro depositando el cuerpo

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Literatura clásica española: tres hombres y un hilo dorado

Calderón, Quevedo y Melchor Cano, o el espíritu español en tres materias que no se parecen en nada

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Haz una prueba rápida y reveladora. Escribe «literatura clásica española» en el buscador y mira lo que sale. Saldrá La Celestina, saldrá el Lazarillo, saldrá Fuente Ovejuna, saldrá el Quijote y saldrá La vida es sueño. Cambia de página y saldrá lo mismo. Cambia de web y saldrá lo mismo otra vez, en el mismo orden y con las mismas cinco líneas de resumen.

La lista no es mala, pero es demasiado típica y extremadamente superficial. Y es consecuencia de que no es una lista inocente, sino el resultado de un temario escolar burocrático. Son los títulos que entran en el examen de segundo de Bachillerato, y llevan cincuenta años siendo los mismos porque están puestos ahí para que un chaval de diecisiete años apruebe en junio, sin haberlos leído. Confundir ese temario con el increíble tesoro de las letras hispánicas es una de las causas trágicas de que no haya hombres educados en un espíritu verdaderamente español.

En LauroClub creemos que sin lectura profunda no hay hombre profundo ni rico en lo que importa de verdad. Quien quiera tener buen gusto y finura intelectual tiene que beber de las fuentes de los mejores siglos de nuestras letras, donde encontrará delicias únicas que satisfacen aún a los más exigentes.

Vamos a recomendarte tres hombres singulares de nuestros siglos de oro. Tienen estilos únicos, muy diferentes entre sí, tratando de las materias más distintas, desde el teatro a la historia y a la teología, y sin embargo un hilo dorado los une: el del carácter español. Desafiamos a nuestros lectores a distinguirlo, ayudados por algunos comentarios.

Sala de una biblioteca histórica con estanterías de madera repletas de volúmenes encuadernados en pergamino

Lo que tienes que saber sobre la literatura clásica española

Antes de leer a estos grandes hombres conviene quitarse de encima unas gafas mal graduadas que a todos nos regalaron con la educación recibida. Son seis, todas muy extendidas, y cada una deja ciego para una cosa distinta.

Las seis maneras de no entender nada

El folclorismo y el falso costumbrismo. Es muy habitual y muy tosco: reducir aquellos siglos a capa y espada, castañuelas y picaresca (digna de congresistas modernos). Bajo esa lente el Siglo de Oro parece un disfraz y una impostura teatral, y todo lo que no encaje en el decorado se declara aburrido. Es muy grave que sea algo tan vulgar y extendido, pero aún más sabiendo que es una imagen fabricada por extranjeros del XIX para consumo de viajeros, y que aquí se compró de segunda mano.

El snobismo. Leer para poder decir que se ha leído, pero sin haber dejado al corazón rozarse por el arte. Con esta óptica el libro nunca llega a hacer su trabajo, porque el lector no se pone delante de él para ser enriquecido sino para ser visto como lector por los demás. Se reconoce enseguida: preguntado por los detalles, nunca los dará con el mismo espíritu que el autor de aquello que «leyó».

El arqueologismo. Tratar la obra como una pieza de museo: fecharla, catalogarla, estudiar su métrica, situarla en su contexto y devolverla a la vitrina sin haber escuchado su voz nunca. Es la enfermedad profesional de la mala crítica académica, y produce hombres que aparentan saber muchísimo sobre Calderón, pero nunca se emocionaron por una sola línea suya.

El romanticismo. Muy sutil y muy dañina, porque viene disfrazada de entusiasmo. Los románticos alemanes «redescubrieron» a Calderón, sí, pero lo leyeron como leían todo: buscando una fantasía apriorística, a un genio solitario, una pasión sin mesura, un rebelde individual contra el mundo. De ahí salió un Don Juan fantasioso que es más suyo que nuestro, y de ahí que hoy se busque en aquellos autores una falsa emoción y marmórea biografía, sin palpar jamás la doctrina y la realidad.

La Ilustración. Aquella versión culta del desprecio. Para el siglo XVIII progresista, el Barroco español era decadencia, superstición y oscurantismo, y aquellos dos siglos, un paréntesis vergonzoso entre el Renacimiento y la «diosa Razón». Es el origen intelectual de la leyenda negra en su forma más eficaz, que no es la que nos contaron fuera sino la que acabamos creyéndonos dentro. Quien lo entiende así abre a Melchor Cano esperando encontrar fanatismo y nunca ve el rigor racional de aquellas obras.

El indiferentismo nacional y religioso. Esta es la ceguera contemporánea, y la que más lectores estropea. Consiste en dar por hecho que lo católico y lo español de estas obras son un envoltorio de la época, separable del contenido valioso, como el papel de un caramelo. Y no lo es. Quítale a Calderón la Misa y no queda un auto sacramental deslucido: no queda nada. Porque la obra entera está construida sobre ella. Lo mismo con la fe de Quevedo y con la de Cano. No se puede leer la época sin comprender la fe ni amar la patria.

Fachada de la Biblioteca Nacional de Madrid con la estatua sedente de Alfonso el Sabio y, a los lados, las de Luis Vives y Lope de Vega
Biblioteca Nacional de España · Alfonso el Sabio, entre Luis Vives y Lope de Vega

Y lo que sí hay en las obras

Quitadas todas las gafas ideológicas, aparecen cinco rasgos que no son un adorno de época, sino un hilo dorado. Un hilvanado que teje aquellos siglos con una seda especial, pero que también se encuentra en remiendos en lo mejor de todos los demás.

  1. La devoción católica, que no es el tema de las obras sino su fundamento. Aquellos hombres no escribían sobre la fe: escribían desde ella, animados y vitalizados por espíritu sobrenatural.
  2. La inteligencia filosófica escolástica. Salamanca era entonces la cabeza pensante de la Cristiandad, y su método, la distinción cuidadosa, la objeción tomada en serio, la respuesta ordenada, influyó a todo lo demás. Por eso hasta las comedias españolas razonan.
  3. El combate por la Fe. Una literatura escrita por gente que sabía que se estaba jugando algo, en un siglo en que la Cristiandad se partía en dos por la revolución protestante. De ahí su tensión, y de ahí que no haya ni una sola página tibia.
  4. El enorme sentido del Derecho. Aquí están Vitoria, Domingo de Soto, Suárez, Covarrubias y tantísimos otros gigantes, discutiendo el derecho de gentes y los límites del poder del rey, con una libertad y amparo del poder digna de reyes justicieros.
  5. El calor vital del teatro. Un escenario fogoso, alegrísimo o trágico según convenga, heroico, patético, valeroso y atrevido, hecho para un pueblo vitalísimo y lleno de acentos.

Los tres, y qué encarna cada uno

Los tres hombres que siguen tratan materias que parece que no se parecen, y eso probará nuestras indicaciones. Melchor Cano trae la lógica teológica llevada al grado máximo, el rigor de Salamanca puesto por escrito. Calderón trae la riqueza dramática junto a la devoción religiosa, y todos los registros de nuestras musas, de la comedia a la tragedia. Quevedo trae el genio histórico, político y retórico, la prosa más ingeniosa del castellano al servicio de un juicio sobre los hombres y el poder.

Léelos seguidos y verás salir el hilo. Es el desafío que te proponemos.

Estatua de bronce de un caballero español con gorguera y barba, sosteniendo un libro, bajo un arco de Toledo

Nuestro análisis

Ya dijimos en nuestro criterio literario que leemos para ordenar la cabeza y no sólo para entretener un rato. Este artículo es la continuación natural de los tres libros con que se empieza una biblioteca: allí se ponían los cimientos, aquí se levantan los muros españoles.

Conviene decir sin rodeos lo que se perdió. España tuvo, a la vez, en el mismo idioma y en casi todas las ciudades, a los mejores dramaturgos de toda la Cristiandad y a la escuela de pensamiento más rigurosa del viejo continente. Que hoy un español con carrera conozca lo primero apenas de oídas y lo segundo de nada no es una laguna, es un fraude educativo, y explica bastante bien por qué cuesta tanto encontrar hombres formados en un espíritu propio.

Tampoco se arregla con nostalgia. No recomendamos estos libros porque sean españoles ni porque sean antiguos. Los recomendamos porque son de los mejores que se han escrito en cualquier lengua, y porque a mayor gloria están en la nuestra, de modo que puedes leerlos sin intermediario y sin traducción. Tener eso a mano y no usarlo es síntoma de un espíritu paupérrimo que nuestros lectores de LauroClub no tienen.

Obrar bien, que Dios es Dios.

— Pedro Calderón de la Barca, El gran teatro del mundo

Ese verso es el estribillo que nos suena una y otra vez mientras los personajes del auto representan su papel, y es el resumen más breve de todo este asunto: lo que se juzga no es el papel que a cada cual le tocó, sino cómo lo hizo. Vamos con los tres.

Lo que te recomendamos

Esencialmente de qué huir. Aquí la trampa no es sólo el libro sino especialmente el sello editorial. Busca cualquiera de estos títulos y te saldrán ediciones sin nombre de editor, con el texto sacado de una tirada del XIX escaneada con reconocimiento óptico, erratas incluidas, a veces presentadas como novedad. Huye de lo que se anuncia como el clásico «en lenguaje de hoy», que en estos tres casos no es un servicio sino un filtro, porque la mitad de lo que estos hombres dicen está en cómo lo dijeron.

Y una advertencia honrada: estos tres libros no se leen igual. El primero se lee de una sentada, el segundo con lápiz y el tercero no se lee entero, se consulta durante años. Van de menor a mayor exigencia, y no hay ninguna vergüenza en quedarse en el primero.

Rostro de Pedro Calderón de la Barca en el grabado de Pedro de Villafranca de 1676
Pedro de Villafranca · Retrato de Pedro Calderón de la Barca (1676)
Rostro de Francisco de Quevedo con sus anteojos, en el retrato barroco copiado del original atribuido a Velázquez
Copia de época del retrato de Francisco de Quevedo atribuido a Velázquez · Instituto Valencia de Don Juan
Rostro de fray Melchor Cano con el hábito dominico, en un grabado de la serie de Retratos de los Españoles Ilustres
Fray Melchor Cano, dominico, catedrático de Salamanca y padre conciliar en Trento

Empieza por Calderón esta misma tarde, que son ciento cincuenta páginas y una sentada. Si al terminar te has quedado con ganas, ya sabes que los otros dos esperan, y que en tu propio idioma hay una biblioteca entera de la que nadie te habló en clase.

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