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Obras completas encuadernadas en piel sobre una mesa oscura, con un volumen abierto delante

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Los cimientos del alma: tres libros imprescindibles para toda la vida

Por dónde empieza su biblioteca un hombre que quiere empezar derecho, por el principio y en orden

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Todo hombre completo lo es por un alma grande. El alma la da Dios; perfeccionarla es tarea nuestra. Y de todos los métodos que existen para lograr tal obra, el más recomendado por los sabios de todos los siglos es a la vez el más humilde y el más honrado: sentarse a leer. No leer por leer, que de eso hay hartura en el mundo, sino leer lo más hermoso, lo más cierto y lo más alto que se ha escrito, que es la genuina manera de esculpir nuestra materia gris hasta hacer de ella una obra de arte.

Y ahí es donde se pierde casi todo el mundo. Se lee, sí, pero al peso y sin orden ni concierto, lo que cae en la mano o lo que manda el escaparate de la estación, de modo que al cabo de veinte años el hombre tiene mucha lectura encima y ningún cimiento debajo. La casa se empieza por los cimientos, y una biblioteca también.

En LauroClub, donde paran los hombres que buscan la perfección, no podemos sino recomendarte leer de entre lo bueno lo mejor. Esta es la primera piedra: tres obras con las que empezar derecho, por el principio y en orden.

San Jerónimo, anciano de barba blanca envuelto en un manto rojo, escribe inclinado sobre un libro abierto junto a una calavera
Caravaggio · San Jerónimo escribiendo (h. 1605-1606) · Galería Borghese

Lo que tienes que saber sobre las lecturas que forman a un hombre

Empecemos por deshacer el equívoco que arruina más bibliotecas que la educación estatal: creer que leer mucho y leer bien son la misma cosa. Un hombre puede haber pasado los ojos por doscientos libros sin la menor afectación en su intelecto. Lo que forma el alma no es el número de páginas, sino la calidad de la compañía. Quien lee a los grandes trata con los grandes, y del trato con los grandes algo se pega, por eso por siglos se ha dicho dime con quién andas.

El orden importa tanto como la elección. Un hombre que empieza su formación por el último ensayo de moda es como el aprendiz que quiere poner el tejado antes de levantar la pared: quizá aprenda cuatro cosas ingeniosas, pero no tendrá con qué juzgarlas, porque juzgar exige una medida, y la medida se aprende de los que ya midieron bien. Por eso conviene empezar por arriba en antigüedad y en altura, y bajar después hacia lo nuestro y hacia lo de hoy.

De dónde se saca esa medida. Nosotros la sacamos de tres canteras, que son las mismas que declaramos en nuestro criterio literario y que aquí conviene explicar despacio, porque de ellas salen las tres recomendaciones del final.

La cantera antigua: los que llegaron altísimo sin luz sobrenatural

Los primeros que alcanzaron cosas enormes de riqueza espiritual fueron los griegos y los romanos, y lo hicieron sin haber podido gozar de la Revelación. Solo con la razón, la disciplina y una idea muy exigente de lo que es un hombre bien hecho. Que llegaran tan lejos a oscuras es exactamente lo que los hace tan útiles: en ellos se ve hasta dónde puede subir la naturaleza humana cuando se la trabaja en serio.

De todos ellos hay uno especialmente apropiado para esta casa, por ser además de nuestro suelo. Marco Fabio Quintiliano nació hacia el año 35 en Calagurris, la Calahorra riojana de hoy, se formó en Roma y allí ocupó la primera cátedra pública de retórica pagada con dinero del fisco imperial, por decisión de Vespasiano. Enseñó unos veinte años, tuvo entre sus discípulos a Plinio el Joven, y ya retirado se sentó a escribir el libro que llevaba dentro: la Institutio oratoria, doce libros terminados hacia el año 95.

Su título engaña un poco al lector moderno, que espera un manual de hablar en público, y se encuentra en su lugar con un plan de educación completo. Quintiliano empieza por la cuna: por quién le habla al niño, por el ama, por las primeras letras, por si conviene el maestro particular o la escuela, y sostiene, mil novecientos años antes de que se pusiera de moda (por hipócritas razones), que al niño se le enseña mejor jugando que a palos, porque los azotes envilecen y el envilecido ya no aprende. De ahí sube hasta el hombre público consumado, y en el libro décimo hace lo que hoy llamaríamos una guía de lecturas, autor por autor, con instrucciones de cómo se lee: despacio, releyendo, imitando lo bueno hasta que deje de ser imitación y sea tuyo.

Pero lo que hace de él una lectura de fundación es adónde va a parar en el libro duodécimo. Quintiliano no se propuso formar un buen profesional de la palabra solamente. Se propuso formar un varón bueno que además sabe hablar, y puso el listón tan arriba, que a lo largo de la historia habrán merecido el nombre de orador sólo un puñado de hombres. Con esa exigencia es como hay que procurar crecer en virilidad y en honra.

Sesión del Senado romano: un senador de toga habla en pie mientras el resto lo escucha y un hombre solo se sienta apartado
Cesare Maccari · Cicerón denuncia a Catilina (1889) · Palacio Madama, Roma

La cantera sobrenatural: la fe de nuestros antepasados

Sobre lo anterior se levanta lo que mira aún más alto. Si los grecorromanos hicieron gigantes naturales, la fe hizo colosos, y no hay en la historia varones más ilustres que los que doblaban la rodilla ante el Rey de los reyes. El mundo moderno va justo en dirección contraria, produciendo soberbios espirituales en abundancia, hombres capaces de manejar una máquina complicadísima y de no saber en cambio para qué viven, porque las ideas que respiran son enemigas de la majestad de Dios.

De las infinitas lecturas posibles en materia tan alta, hay una alabada sin discusión por todos los grandes durante siglos, y propone la tarea más difícil que existe en este mundo. Vencerse a sí mismo. Se llama tal obra Ejercicios espirituales y su autor fue soldado en la tierra y general en los cielos: San Ignacio de Loyola.

La historia la sabes a medias, y la mitad que falta es la buena. Íñigo de Loyola era un hidalgo guipuzcoano de armas, aficionado a los libros de caballerías y a todo lo demás, hasta que en 1521 una bala de cañón le destrozó una pierna defendiendo Pamplona. En la convalecencia pidió novelas de caballerías y en la casa solo había dos libros: una vida de Cristo y un santoral. Los leyó porque no había otra cosa, y de esa lectura forzada salió todo lo demás. Al año siguiente estaba en Manresa, con el alma inflamada en amor de Dios, con un cuaderno donde anotaba lo que le iba pasando por dentro y lo que servía para ordenar el espíritu. Ese cuaderno, corregido durante veinte años, son los Ejercicios.

Conviene saber qué son antes de comprarlos, porque no se parecen a nada. Nadie los lee de corrido en el sofá. Son un manual de trabajo, escrito en frases marciales de instructor, con un método de cuatro semanas para quien los dirige y para quien los hace. Su propio título lo dice todo, y no ha envejecido un solo día: «Ejercicios espirituales para vencer a sí mismo y ordenar su vida, sin determinarse por afección alguna que desordenada sea». Ordenar la vida. Que no la gobiernen los apetitos, ni el humor de una mañana, ni la consigna del día en la televisión. Ahí está el programa entero de la virilidad cristiana en una línea.

Aquel cojo fundó en 1540 la Compañía de Jesús, la legión de santos y sabios que evangelizó medio mundo y llenó la Cristiandad de colegios. Sus Ejercicios recibieron aprobación pontificia de Pablo III en 1548. Murió en 1556 y la Iglesia lo celebra el 31 de julio.

San Ignacio de Loyola, revestido de casulla roja y oro, alza los ojos a un rayo de luz con la mano sobre el libro donde se lee «Ad maiorem Dei gloriam»
Taller de Rubens · San Ignacio de Loyola (h. 1620-1621)

La cantera propia: el genio español

La tercera cantera la tienes debajo de los pies y quizás la miras menos. España ha dado obras maestras en todos los campos del saber, y en uno de ellos dio sencillamente al mayor prodigio de la naturaleza que se ha visto en Europa. Ya en vida lo llamaban Fénix de los ingenios, y Cervantes, que tenía sus motivos para no quererlo bien, lo reconoció por un portento sensacional, llamándolo «monstruo de naturaleza» y admitiendo que se había alzado con la monarquía dramatúrgica.

Félix Lope de Vega Carpio nació en Madrid en 1562. Fue estudiante, soldado en la Armada que salió contra Inglaterra en 1588, desterrado por unos versos difamatorios, secretario de nobles, padre de una pequeña legión de hijos legítimos e ilegítimos, y hasta sacerdote desde 1614, sin que ninguna de esas vidas le quitara tiempo para escribir. La cifra que él mismo dio de sus comedias resulta increíble, y aun quedándonos con las trescientas largas que se han conservado, el volumen no tiene comparación en ninguna literatura. En su época, «es de Lope» se decía de cualquier cosa que estuviera perfecta, desde un caballo hasta un melón.

Lo que hizo fue una sana rebelión en toda regla, y encima la explicó. En su Arte nuevo de hacer comedias, de 1609, cuenta con un desparpajo delicioso que conoce las reglas aristotélicas del teatro, que aunque ama a Aristóteles no puede seguirlo sin traicionar el genio de su tierra y de su tiempo, y que él abre camino por una senda más adecuada a sus acompañantes. Mezcló lo trágico con lo cómico, dio rienda suelta a la acción, llenó de pasión el verso y de honra el teatro, de celos, de labradores con dignidad aristocrática y de reyes con humildad angélica. Escribió además poesía sacra de primer orden, y sonetos que cualquier español reconoce en cuanto empiezan, como aquel en que Violante le manda hacer un soneto.

Para nosotros, además, tiene un valor que no da ningún clásico extranjero: es el espejo donde se ve entera el alma española del Siglo de Oro, con su ardor caballeresco y su fe. No seamos hombres que conozcan la Odisea de memoria mientras somos extraños a lo propio. Lope cura eso.

Retrato de Lope de Vega, de bigote y perilla canos, con hábito negro y golilla blanca
Juan van der Hamen · Retrato de Lope de Vega (h. 1628) · Colección particular

Las tres canteras, de un vistazo

CanteraQué te daPor dónde se entra
La Antigüedad grecolatinaLa medida del hombre bien hecho, y el rigor del que piensa y habla con ordenQuintiliano, Sobre la formación del orador
La tradición católicaEl gobierno del alma y el fin para el que existesSan Ignacio, Ejercicios espirituales
El genio españolLa lengua propia en su cumbre y el retrato de los tuyosLope de Vega, sus comedias

Nuestro análisis

Alguien dirá que este trío es raro y que no se parece a ninguna lista de recomendados. Es verdad, y es lo que pretendemos. Las listas al uso están hechas para que el lector se entretenga; esta está hecha para que se levante un hombre, y para eso hacen falta las tres cosas a la vez: la razón bien amueblada, el alma en orden y el dominio genuino de la lengua propia. Quien tiene solo la primera acaba en erudito estéril, capaz de citar a Tácito y de no sostener una promesa. Quien tiene solo la segunda corre el riesgo de una piedad falta de conocimiento, que arrastra el primer sofista que aparece. Y quien tiene solo la tercera se queda en un literato sin fondo.

La sentencia que lo resume la escribió el calagurritano al abrir su libro duodécimo, recogiendo la vieja definición de Catón, y en ella cabe todo nuestro criterio:

Sea, pues, nuestro orador el que Marco Catón definió: un varón bueno, perito en el decir. Pero, ante todo, y esto es lo que él mismo puso primero, y por naturaleza es mayor y más importante, un varón bueno.

— Quintiliano, Sobre la formación del orador, XII, 1, 1

Vir bonus dicendi peritus, dice el latín, y la palabra que manda es la primera. Primero bueno, después perito. Un pagano del siglo I lo tenía clarísimo y a nosotros nos ha costado perderlo del todo en dos generaciones: hoy se forma al técnico y se deja el carácter a la intemperie, y luego nos asombramos de que haya tanto hombre listísimo y tan poco hombre de fiar. La formación que no acaba en virtud es un arma cargada en manos de cualquiera. Ahí tienes justificada la primera de nuestras tres canteras.

Sobre la segunda, el argumento nos lo dio hecho don Marcelino Menéndez Pelayo en el epílogo de su Historia de los heterodoxos españoles, cuando escribió aquello de «España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; esa es nuestra grandeza y nuestra unidad: no tenemos otra». Cuna de San Ignacio. Si el mayor de nuestros polígrafos, pudiendo elegir entre mil glorias, puso al de Loyola en esa lista corta, mal haríamos nosotros en no ponerlo en la nuestra.

Y sobre la tercera no hay ni que argumentar. Un hombre que aspira a la excelencia y no ha leído a Lope es un heredero que no ha abierto el testamento.

Vamos, pues, a lo concreto, que es dónde se compra cada cosa y en qué edición, que en los clásicos esto último importa muchísimo.

Biblioteca antigua de dos alturas, con estanterías de madera acristaladas, galería de hierro forjado, chimenea de mármol y escritorio en el centro

Lo que te recomendamos

Antes de decirte qué comprar, permítenos decirte qué no. Huye de los resúmenes y de las «grandes ideas en veinte minutos», porque lo que forma es justamente el rato que pasas dentro del libro, y quien te lo ahorra te está quitando la parte que valía.

Y desconfía de las ediciones que presumen de haber puesto al clásico «en lenguaje de hoy» o de haberlo «adaptado al lector moderno». En un libro de espiritualidad eso rara vez es un servicio: entre el santo y tú se mete un intermediario que decide qué te conviene oír, y suele decidir que te conviene oír menos. Busca el texto entero, con la lengua en que se escribió, y si lleva notas, que sean de quien cree lo mismo que el autor. Ese es el criterio con el que hemos elegido las tres ediciones que siguen.

Con estos tres se empieza. En LauroClub queremos hombres capaces de figurar en las leyendas de Homero, o mejor todavía, en el número de los elegidos celestes, y a esa ambición no se llega por casualidad ni en una tarde. Se llega leyendo, un libro detrás de otro, en el orden debido. Nosotros seguiremos señalándote cuáles.

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Estantería antigua acristalada llena de libros encuadernados, con el reflejo de una vidriera de colores sobre el cristal