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Operario de peto y jersey oscuros preparando la llave de carraca sobre su juego de vasos abierto en el taller

Negocios

Qué negocio montar cuando nadie quiere remangarse

Los cuatro oficios que España pide a gritos mientras la masa hace cola en la universidad

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Pregunta a diez hombres qué negocio montarían y nueve te describirán alguna variante del sueño del portátil junto a la piscina: la tienda sin género, el curso sin oficio, la renta que gotea sola mientras uno duerme. Mientras tanto, en la España real, un radiador frío espera semanas a que aparezca un fontanero, hay cuadros eléctricos que nadie quiere tocar y obras enteras paradas por falta de manos. La masa decidió hace tiempo que sudar era cosa de fracasados, hizo cola en la universidad y dejó el tajo vacío; y donde todos huyen, querido lector, suele estar la puerta que merece la pena empujar. En LauroClub pusimos ya la primera piedra del patrimonio y quedamos en bajar a lo concreto. Hoy cumplimos: estos son los cuatro oficios donde un hombre puede levantar un negocio honrado, y las razones por las que el mejor momento para aprenderlos fue ayer.

Manos con guantes de cuero amarillos marcando mediciones con lápiz sobre la chapa de un tejado a pleno sol

Lo que tienes que saber sobre los oficios que España necesita

Empecemos por el tamaño del agujero, que se cuenta pronto y se tarda en digerir. En España faltan unos 70.000 electricistas, según los cálculos del propio sector, empujados por las renovables, la industria y la rehabilitación de edificios. La fontanería necesita incorporar alrededor de 25.000 profesionales solo para cubrir lo que ya se le pide hoy. La construcción lleva años dando la voz de alarma: la patronal calcula que harán falta cientos de miles de trabajadores para levantar la vivienda y la obra pública previstas. Y en las instalaciones térmicas el cuello de botella es tan estrecho que la aerotermia se está frenando en España por falta de instaladores, con empresas que tienen la cartera llena de proyectos firmados esperando a que exista alguien que los ejecute.

Y este agujero no es el bache de un mal año. Es un desagüe con dos bocas. Por una se van los veteranos, que se jubilan a miles y muchas veces no encuentran a quién dejarle las herramientas ni la cartera de clientes; por la otra apenas entra nadie, porque durante dos generaciones se predicó en la escuela, en la televisión y en la mesa de los domingos el mismo sermón: estudia una carrera, hijo, no acabes como el abuelo. El mono de trabajo pasó a ser el uniforme del fracaso escolar, la Formación Profesional el vagón de cola del sistema, y el resultado lo tienes delante: despachos llenos de titulados esperando turno para mover papeles y tajos vacíos donde el trabajo se paga y no hay quien lo haga.

Fíjate bien en la asimetría, porque ahí está el negocio. Cuando falta género en un mercado, el precio del género sube. Eso, que todo el mundo lo entiende con el aceite de oliva, cuesta verlo con el trabajo: la escasez de manos cualificadas significa que el que las tiene cobra más, elige más y aguanta mejor las crisis. Un electricista lo resumía este verano en la prensa sin ninguna poesía: para ganar 3.000 euros al mes en este oficio hay que ser autónomo y trabajar mucho. Que nadie te venda que es fácil; lo que es, y lo veremos con números, es posible y creciente, que ya es más de lo que puede decir la mayoría de los que reparten currículos.

Carpintero veterano cortando listones con la motosierra sobre la estructura de madera de una cubierta en obra

Los cuatro oficios que el particular paga a precio de oro

De todos los trabajos manuales con demanda, hay cuatro que sobresalen sin discusión cuando el cliente es el ciudadano de a pie. Los cuatro existían hace cien años y es razonable apostar que existirán dentro de otros cien, porque atienden necesidades que no se pueden aplazar ni encargar a otro país: la casa, la luz, el agua y el calor.

La construcción de vivienda y la reforma. Es el ticket más alto y la demanda más constante: el parque español de viviendas envejece sin remedio y cada piso de los años setenta que cambia de manos pide baño, cocina e instalación nueva. Aquí el aprendizaje es más largo y hace falta cuadrilla y mando, así que suele ser la meta más que la entrada: muchos empiezan en uno de los otros tres oficios y acaban dirigiendo reformas completas.

La electricidad. Todo lo nuevo lleva cable: la placa solar, el punto de recarga del coche, la domótica, la industria que se moderniza. Por eso el déficit de electricistas es el más grueso de todos, y por eso el oficio tiene un candado que lo protege: el carnet de instalador autorizado, que exige formación y horas, espanta al aventurero y sostiene el precio del que lo tiene.

La fontanería. La avería de agua no espera al lunes ni admite tutorial: es demanda urgente, inelástica como dicen los economistas, y del que te saca del apuro uno se acuerda para siempre. Las cifras del sector que citábamos arriba hablan de sueldos de 2.400 euros al mes por cuenta ajena y de hasta 4.500 para el autónomo asentado, cifras que cualquier oficinista de tu ciudad firmaría con las dos manos.

Las instalaciones, de todo tipo. Climatización, aerotermia, autoconsumo solar, gas, tratamiento de agua. Es la familia con más futuro inmediato porque la empuja la normativa europea entera y la paga un particular que quiere factura de luz más baja. Y es también la de mayor foso: los carnets y habilitaciones del reglamento térmico piden papeles, horas y examen. Míralo como lo que es. Cada barrera que te cueste cruzar es una barrera que mantiene fuera a los que no la cruzarán.

OficioLo que lo hace valiosoEl foso que te protege
Obra y reformaEl ticket más alto; la vivienda envejece sin pararAños de obra, cuadrilla y mando: pocos aguantan el camino
ElectricidadTodo lo nuevo lleva cable, de la placa solar al cocheEl carnet de instalador y el respeto a lo que muerde
FontaneríaLa avería no espera: cliente urgente y agradecidoLa cartera de confianza, que tarda años y vale oro
InstalacionesLa transición energética la manda Europa y la paga el particularHabilitaciones y reglamento: papeles que espantan al aventurero
Electricista atornillando con el taladro en un cuadro eléctrico abierto, junto a la botonera de mandos

A quién le vas a comer el terreno

Conviene saber contra quién se compite, y aquí la noticia vuelve a ser buena. El mercado del mantenimiento doméstico se lo están repartiendo las grandes compañías: pólizas multiasistencia del seguro del hogar, plataformas que subcontratan, marcas nacionales con teléfono de nueve cifras. Su modelo es conocido: cobran caro al cliente, pagan poco al operario que mandan, y entre medias viven dos y hasta tres márgenes. El resultado lo ha sufrido cualquiera que haya dado un parte: visitas que tardan, operarios distintos cada vez, el trabajo justo que cubre el papel y ni un tornillo más.

Ese modelo deja al independiente un hueco enorme y muy concreto. Tú puedes cobrar al cliente menos de lo que le cuesta la grande, ganando tú más de lo que la grande le paga a su operario, porque no alimentas márgenes ajenos. Y puedes dar lo que la grande no sabe dar: el mismo hombre siempre, la palabra cumplida, el remate fino, el teléfono que se coge. La prueba de que ese trabajo se valora la tienes en el sitio más inesperado: los vídeos de oficio arrastran millones de espectadores que se quedan hipnotizados viendo alicatar, cablear o soldar como es debido. Todo el que ha pasado una reforma o una avería sabe que pagaría por encima de tarifa al profesional que trabaja como en esos vídeos. Sé tú ese profesional y no volverás a mirar el teléfono esperando que suene.

La ventaja que tu abuelo no tuvo

Queda la mejor parte. El oficio es el de siempre, pero aprenderlo y explotarlo nunca ha costado tan poco. El aprendiz de hace cuarenta años dependía de lo que el maestro quisiera enseñarle; el de hoy tiene en el bolsillo, gratis, los manuales de los fabricantes y miles de horas de vídeo donde los mejores del mundo enseñan su mesa de trabajo. Digámoslo con honradez: el vídeo no sustituye las horas de tajo ni la mano del veterano, y quien crea que se hace instalador en el sofá se llevará un disgusto. Pero como acelerador del que ya está en el tajo no ha existido nada igual en la historia del trabajo.

Y lo mismo vale para el negocio. Presupuestos, facturas, cobros y agenda se llevan hoy desde el portátil con herramientas que cuestan menos que una comida al mes, y la publicidad que antes exigía pagar la lona de una valla hoy es un mapa, una ficha bien cuidada y las reseñas de cincuenta vecinos agradecidos. El hombre que junta el oficio de siempre con la herramienta de ahora no compite con nadie: los del oficio viejo no dominan la herramienta y los de la herramienta no tienen oficio.

Técnico de guantes blancos ajustando la valvulería de latón de un equipo de calefacción en el taller

Nuestro análisis

Hace falta decir alto lo que este país lleva medio siglo negando: un caballero no deja de serlo por remangarse la camisa. Un hombre como Dios manda es capaz de trabajar duro por su familia y su patrimonio, y está dispuesto a hacerlo; venimos diciendo desde el primer día que hacen falta caballeros, y añadimos hoy que hacen falta trabajadores auténticos, y que las dos faltas son la misma con dos nombres. El sistema educativo, aquí y en casi todas partes, barbariza a la juventud: no le da formación intelectual ni espiritual de verdad, no le enseña virtudes ni le forma el carácter, y a cambio la empuja en masa por unas universidades convertidas en fábrica de oficinistas ideologizados, mansos con el poder y cómodos en la dependencia. Que nadie nos malinterprete: en esta casa se vive rodeado de libros y reverenciamos el saber de verdad, nuestro criterio lo declara. Precisamente por eso distinguimos la universidad de su parodia, y el saber que libera del título que amansa.

De ese diagnóstico sale una regla práctica que vale un negocio: haz exactamente lo contrario que la mayoría. Si la masa abandonó en estampida la idea de ganarse el pan con el sudor de la frente, el que vuelva a ese pan se encontrará el terreno despejado, los precios altos y la clientela esperando. La Iglesia, que no se avergonzó nunca del trabajo, lo enseña desde hace siglo y medio en la misma encíclica que fundó nuestra doctrina de la propiedad: el pobre no ha de avergonzarse de ganarse el sustento con sus manos, escribió León XIII, y remachó el argumento con el ejemplo más alto que cabe poner:

Y esto lo confirmó realmente y de hecho Cristo, Señor nuestro, que por la salvación de los hombres se hizo pobre siendo rico; y, siendo Hijo de Dios y Dios él mismo, quiso, con todo, aparecer y ser tenido por hijo de un artesano, ni rehusó pasar la mayor parte de su vida en el trabajo manual. «¿No es acaso éste el artesano, el hijo de María?»

— León XIII, «Rerum Novarum», n. 18, 1891

El carpintero. Ese es el modelo, y no el vendedor de cursos desde Andorra. Ahora bien, esta casa no vende campos de rosas, y quien monte un negocio de oficio bregará primero con espinas: años de aprendiz cobrando poco, frío, polvo, clientes que regatean y alguno que no paga, y la aritmética del autónomo, que es más dura de lo que parece desde fuera. Un electricista la enseñó este año con las cuentas en la mano: un día de 1.562 euros facturados se quedó en 209 de beneficio real tras materiales, impuestos y gastos. Facturar no es ganar, y quien no aprenda esa lección con el lápiz la aprenderá con el disgusto. Lo que sí aseguramos es lo otro: al que cruce las espinas, sea bueno y cumpla la palabra, no le faltará trabajo en muchos años. Dinero fácil no hay; dinero seguro, para el que aguante, sí. Y se empieza, como siempre en esta casa, por formarse la cabeza.

Albañil con casco blanco comprobando una pared recién acabada con el nivel de burbuja

Lo que te recomendamos

Primero, lo de siempre: de qué huir. Huye del curso de seis mil euros que promete convertirte en instalador en un fin de semana, de la mentoría del gurú que factura enseñando a facturar, de la franquicia mágica que vive de tu canon y no de tus clientes, y en general de todo el que gane dinero contigo antes de que tú hayas ganado el primero. La formación seria de estos oficios existe, es pública o casi, y cuesta poco: la FP de grado medio, los certificados de profesionalidad y el carnet correspondiente. Ese es el camino, y no tiene atajos de pago.

Segundo, el orden de las obras, que aquí también la casa se empieza por los cimientos. Elige el oficio mirándote a ti: instalaciones si tienes paciencia con el papeleo y quieres subirte a la ola que viene; electricidad si quieres la demanda más ancha; fontanería si quieres entrar rápido y mandar pronto en tu agenda; la obra y la reforma, para cuando tengas años, espalda y mando probado. Después busca al mejor del oficio que te quiera cerca y trabaja para él por cuenta ajena los años que hagan falta: cobrar mientras se aprende es el único máster gratuito que existe. Y mientras aprendes, mira alrededor, porque hay miles de negocios de oficio cuyo dueño se jubila sin sucesor: el oficial de confianza que se queda la cartera de un veterano compra décadas de clientela al precio de unos años de humildad. Es la mejor operación inmobiliaria que puede hacer un hombre joven en España y no sale en ningún máster.

Y tercero, tres libros, que no están puestos al azar: uno para la cabeza, otro para el negocio y el tercero para la confirmación.

Esta es la mitad del mapa: los oficios que te pagará el particular. Queda la otra mitad, la de los que las empresas buscan a la desesperada, que va de soldar, mecanizar y mantener las fábricas en marcha, y la contaremos en la próxima entrega. Mientras tanto, ya sabes lo que hay al otro lado de la puerta que la masa no quiere abrir: espinas primero, y detrás un oficio, una cartera de clientes y un patrimonio. Quien tiene oficio tiene beneficio, decían los viejos, y no conocían el dropshipping. Sabían lo que dura lo que dura.

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